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martes, 1 de abril de 2025

Error policial y judicial

 

Cartel que se difundió a raíz de
la desaparición de Rocío Wanninkhof

 

El caso Wanninkhof

Traemos hoy a esta sección un ejemplo de lo que no debe hacerse en una investigación policial y judicial, que demuestra la importancia que tienen los procedimientos científicos en este tipo de investigaciones. Cuando se emplearon mal, condenaron a una inocente; cuando lo hicieron bien (el ADN de la colilla, como veremos más adelante), la sacaron de la cárcel.

 

El caso Wanninkhof es uno de los errores policiales y judiciales más notorios en la historia reciente de España. Se trata de un crimen que sacudió al país a finales de los años 90 y cuyo desarrollo puso en evidencia graves fallos en la investigación y el sistema judicial. Sirve de advertencia sobre los peligros de dejarse llevar por las apariencias y la opinión pública, en lugar de basarse en pruebas científicas y un análisis objetivo de los hechos.

 

El crimen y la investigación inicial

 

El 9 de octubre de 1999, Rocío Wanninkhof, una joven de 19 años, salió de casa de su novio y se encaminó a su domicilio, a unos 500 metros de distancia. Nunca llegó. El 2 de noviembre, su cuerpo fue encontrado en muy mal estado (no se pudo determinar si había sido violada) y cosido a puñaladas, lo que desató una intensa investigación policial. La presión mediática y social para resolver el crimen fue enorme, lo que llevó a una serie de decisiones precipitadas por parte de los investigadores. Primero sospecharon de su novio, por ciertas contradicciones relativas a cómo iba vestida Rocío.

 

Más tarde, en un contexto de falta de pruebas concluyentes, la atención de los investigadores se centró en Dolores Vázquez, expareja de la madre de Rocío. Se argumentó que existía una relación conflictiva entre Vázquez y la joven, cosa que era cierta, y que su carácter frío y reservado la hacía sospechosa. A pesar de no haber pruebas físicas ni testigos directos que la implicaran en el crimen, fue detenida y llevada a juicio.

 

¿En base a qué se la condenó?

 

El juicio de Dolores Vázquez se llevó a cabo en 2001 y estuvo marcado por la influencia de los medios de comunicación, que la retrataron como una mujer calculadora y vengativa. La fiscalía basó su caso en indicios circunstanciales, sin pruebas concretas.

 

Alicia Hornos, la madre de la víctima y expareja de Dolores, estaba convencida de la culpabilidad de Dolores Vázquez y fue una de las principales instigadoras de la acusación. Además, una mujer que introdujo la guardia civil en el entorno de Dolores, lo corroboró: "Era fría, calculadora y agresiva".

 

Las huellas de vehículo que se encontraron en el lugar, tanto de la agresión como de la aparición del cuerpo, no coincidían con las del coche de Dolores. pero ese inconveniente fue soslayado por la Fiscalía argumentando que la acusada podría haber robado un vehículo de algún turista, que solían dejar con las llaves puestas, o haber alquilado un coche. Nada de eso se investigó, para ver si podía o no ser cierto.

 

Los duros interrogatorios a que fue sometida la acusada por parte de la guardia civil, y más tarde durante el juicio, no dieron resultado: en ningún momento se derrumbó ni incurrió en contradicciones. Tenía, para el momento de la desaparición de Rocío, una coartada que no era demasiado sólida. Pero, obviamente, ni ella ni nadie tiene que demostrar su inocencia.

 

La prueba más sólida fue la aparición de unas fibras encontradas en el cadáver de Rocío que, según el Instituto de Toxicología, se correspondían con una prenda que Dolores solía vestir. Pero, más tarde, un análisis posterior realizado por el Laboratorio de Investigación Criminalista de la Guardia Civil desecharon esa pretendida similitud. En base a ello, se solicitó la libertad provisional de Dolores, que fue denegada por el juez instructor.

 

Las huellas dactilares encontradas en unas bolsas que había al lado del cadáver, con pertenencias de la víctima, no coincidían con las de Dolores. Cuando la defensa solicitó el cotejo de las huellas que había en los objetos de la víctima (que, probablemente, habían sido manipulados por el asesino, pues estaban metidos en la bolsa de plástico), el juez denegó la prueba.

 

Por último, posiblemente influyó el testimonio de dos personas: una empleada ucraniana que había trabajado en el domicilio de Dolores declaró haber visto a la acusada apuñalando una foto de Rocío el mismo día en que se encontró su cadáver. Y una vidente declaró que, en una sesión con Dolores, esta declaró tener planes de venganza contra Rocío.

 

¿Se puede condenar a una persona por tener una marcada animadversión a la víctima y ser fría, calculadora, violenta y vengativa (si es que lo era, porque otros testimonios lo desmentían)? Pues, en este caso, sí. Un jurado popular, influenciado por los medios, la condenó en septiembre de 2001. El juez la sentenció a 15 años de cárcel y una indemnización de 18 millones de pesetas a la familia de la víctima, que equivaldrían a algo más de 150.000 euros de hoy en día.

 

Ante el recurso de la defensa, basado en la falta de motivación del veredicto del jurado y en la influencia de los medios de comunicación, el TSJ de Andalucía ordenó repetir el juicio, que se habría celebrado en el otoño de 2003.

 

El crimen de Sonia Carabantes

 

Pero no hubo lugar a dicha repetición. En agosto de 2003 desapareció de Coín, muy cerca de Mijas, la joven Sonia Carabantes. El asesino, Tony Alexander King, un británico residente en la zona, fue denunciado por su ex mujer. Y la guardia civil, quizá porque no tenía la conciencia muy tranquila en el caso Wanninkhof, comparó su ADN con el de una colilla hallada cerca del cadáver de Rocío. Coincidían. Dolores Vázquez fue declarada inocente y puesta en libertad.

 

Pero ya había pasado un año y cinco meses en la cárcel, y su vida había quedado marcada para siempre. "Hace 20 años lo perdí todo, nunca volveré a ser la misma", explicó mucho después la mujer. Y es cierto: en casos así, con frecuencia se pierde el trabajo, la pareja, los amigos, la relación con los familiares, la vivienda... Se convierte uno en un apestado, y el daño es irrecuperable, además de la experiencia traumática que supone la estancia en la cárcel.

 

Es cierto que el TSJ de Andalucía reprendió al juez que presidió el juicio por no haber devuelto la sentencia al jurado ante su falta de motivación, pero nadie, ni de la guardia civil ni de la judicatura, fue sancionado por la cadena de errores que llevaron a la injusta y absurda condena de Dolores. Y el Estado no le ha pedido perdón, a pesar de que ella se lo ha solicitado.

 

Muchas preguntas sin respuesta

 

¿Cómo es posible que se condenara (incluso, que se detuviera e imputara) a una personas por meras sospechas? ¿Cómo es posible que el primer análisis de las fibras diera concordante? ¿Por qué se la condenó sin la más mínima prueba sólida? ¿Por qué no devolvió el juez al jurado una sentencia que estaba sin motivar, siendo este un requisito imprescindible para su validez? ¿Qué habría ocurrido si no llega a denunciar su ex a Toni Alexander King? ¿Es aconsejable poner en manos de ciudadanos "de a pie", y por tanto, muy influenciables, los casos criminales muy mediáticos en los que los medios de comunicación ya han dictado sentencia? ¿Hay otros casos como este, en los que un inocente lleve años pudriéndose en la cárcel?

 

sábado, 25 de noviembre de 2023

Primer debate: ¿Son todos los hombres violadores en potencia?

Foto de Alexander Krivitskiy en Unsplash

 

Planteamiento del debate:

El delito de violación me ha parecido siempre el más odioso, cobarde y repugnante de los delitos, por encima incluso del de asesinato. Como hombre, la frase que da título a este debate me rebela. Sin embargo...

Vamos a dejar que mi personaje favorito, Cecilia, exprese su opinión al respecto, ya que puede servir de punto de partida. El texto está basado en un fragmento de La mano que lo mueve, el Libro III de la Tetralogía de la niña desaparecida:

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—Pues yo jamás —protestó Bermúdez—, bajo ninguna circunstancia, violaría a una mujer. Y lo mismo digo de la inmensa mayoría de los hombres.

—No estés tan seguro.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Me refiero a lo que dicen algunas mujeres de que todo hombre es un violador en potencia.

—¡Eso es una gilipollez! —saltó, irritado.

Ella pareció que se quedaba cortada ante la agresividad de su padre, pero luego debió de pensar que esa batalla había que pelearla y dijo:

—No te lo tomes como una alusión personal, por supuesto, pero creo que hay datos que abonan esa frase, siempre que se considere que al decir todos nos referimos a una mayoría, y al decir en potencia se quiere decir que podría ser un violador bajo ciertas condiciones, como estar sometido a un gran estrés y en condiciones de absoluta impunidad, como ocurre en las guerras, por ejemplo.

—¡Eso es una chorrada! —insistió, todavía agresivo—. Aun en las guerras, son una mínima parte los hombres que hacen esas barbaridades. Ni uno de cada cien, diría yo.

—¿Tú crees? Déjame que te dé unos datos: En la guerra de Bosnia, en 1992, entre 20.000 y 50.000 mujeres fueron violadas, la mayoría por grupos de soldados serbios. Durante el genocidio de Ruanda, en 1994, 500.000 mujeres fueron violadas. Cuando la Unión Soviética invadió Alemania, al final de la Segunda Guerra Mundial, se estima que más de dos millones de mujeres y niñas alemanas fueron violadas por los soldados soviéticos, y la mitad de ellas lo fueron en violaciones en grupo; y fíjate bien en ese detalle, que luego veremos que es muy importante. Durante la ocupación de Nanking...

—¡Vale, vale! Que sí, que eso ha ocurrido a veces, pero sigo diciendo que...

—Todo eso —le interrumpió Cecilia, lanzada—, reconocerás que no lo hicieron cuatro psicópatas, sino que forzosamente tuvo que participar una parte muy importante de los hombres, que estaban, eso sí, en situación de estrés y se sentían con una impunidad absoluta.

—Pero...

—Massil Benbouriche, un hombre —recalcó—, que es un doctor francés especializado en psicología y criminología, hizo un estudio, aunque reconozco que discutido, sobre 129 chicos jóvenes de 21 a 35 años, y el treinta por ciento de ellos reconoció que, si tuviera impunidad absoluta, llegado el caso violaría a una mujer. Pero hay que tener en cuenta que ese es el porcentaje que lo reconoció, y habría que ver cuántos más estarían dispuestos a hacer lo mismo, pero no lo reconocieron.

—¡Que sí, que sí! ¡Para ya! —gritó Bermúdez, para cortar la profusión de datos que llovían sobre él, muchos de ellos provenientes de la tesis que estaba haciendo su hija, que tenía mucho que ver con el tema que discutían.

—Es que, si te pones a gritar, no me dejas entrar en la parte que me parece más relevante del tema.

—¡A ver, rica, pues suéltala!

—Es solo una aproximación, desde el punto de vista probabilístico, pero creo que puede ser interesante. Se parte de que un porcentaje elevado de las violaciones en tiempos de guerra se cometen en grupo. Supongamos que esos grupos, como es habitual, se han formado aleatoriamente, es decir, que nadie ha podido elegir quiénes van a ser sus compañeros. Eso es importante para que lo que voy a decir tenga sentido.

—¡Vale!

—Y supongamos, por poner algo, que esos grupos, que tienen cierta autonomía en su actuación, están formados por cinco hombres. Por ejemplo, un pelotón típico de cuatro soldados y un sargento.

—Vale, pues sigue. Grupos de cinco hombres.

—Supongamos ahora que ese grupo, durante una guerra, ocupa una casa en la que hay una o varias mujeres, y nunca nadie podrá acusarles de nada, hagan lo que hagan. Es decir, que tienen una impunidad absoluta. Y supongamos, de forma muy conservadora, por lo que hemos visto, que la probabilidad a priori de que un hombre sea un violador en potencia sea de un diez por ciento. Y digo que es muy conservadora, pero reconocerás que no deja de ser una barbaridad.

—Yo pondría un uno por ciento, como mucho.

—Sería peor para tu teoría, así que dejémoslo en ese diez por ciento.

—¿Peor? Bueno, venga, termina, que estás un poco pesada con tanta matemática.

—Entonces, la pregunta es: ¿Cuál es la probabilidad de que esas mujeres sean violadas por el grupo? Y cuando digo por el grupo, quiero decir por todos los hombres del grupo, como es lo habitual cuando ocurre eso.

—Pues... —empezó, y su mente quedó encallada en un banco de arenas matemáticas.

—La probabilidad de que el primer soldado sea un violador es del diez por ciento, como hemos dicho —empezó ella—. La del segundo, lo mismo, un diez por ciento, de forma que la probabilidad de que lo sean los dos primeros es de una entre cien. Que lo sea además el tercero, de una entre mil; el cuarto, de una entre diez mil, y que lo sea también el quinto, es decir, la probabilidad de que lo sean los cinco, de una entre cien mil.

—¡Pues eso!, que es muy difícil que...

—¡Piensa en lo que dices, papá!

—Ehhh...

—Si, partiendo de que la probabilidad individual es del diez por ciento, se llega a que la probabilidad de una violación grupal es de una entre cien mil, y si tenemos en cuenta que las violaciones grupales son muy frecuentes en las guerras, la conclusión es que la probabilidad de que un hombre sea un violador en potencia es mucho mayor que ese diez por ciento del que hemos partido, que ya era muy alto.

—Pero...

—Si en vez del diez por ciento, fuera del cincuenta por ciento, la probabilidad de que un grupo de cinco hombres cometa una violación grupal en una situación de absoluta impunidad, sería de... —calculó— de un tres y pico por ciento. Y, a tenor de las cifras que te he dado antes, sigue siendo demasiado baja, luego la probabilidad individual debería ser también bastante mayor de ese cincuenta por ciento.

—No sé... —dijo él, que no sabía muy bien cómo rebatir esos argumentos.

—Si supusiéramos que cada soldado tiene una probabilidad de un ochenta por ciento de ser un violador en potencia, la probabilidad de que las mujeres fueran violadas por el grupo sería del... treinta y tres por ciento, lo que ya va pareciendo algo razonable, según las cifras que hemos visto antes. Pero hemos tenido que subir hasta el ochenta por ciento, papá. Es decir, que un hombre cualquiera tendría una probabilidad de un ochenta por ciento de ser un violador en potencia.

—Pero esos cálculos que dices... —empezó, confuso y dubitativo, pues no los había entendido bien.

—Ya lo sé: son solo una aproximación. Pero este simple tanteo sobre la probabilidad de una violación grupal da unas cifras tan concluyentes, tan brutales, que hay que aceptar que, aunque partiéramos de otros datos, se puede concluir que la afirmación de que todo hombre es un violador en potencia se acerca bastante a la realidad. En todo caso, no es ninguna tontería.

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Foto de Sander Sammy en Unsplash

Bien; esa es la opinión de Cecilia. Pero...

¿Y tú qué opinas?

Francisco Torroja:

Yo opino, que, por desgracia, Cecilia tiene bastante razón. Su planteamiento matemático es solo una aproximación, pero es tan contundente que te da mucho qué pensar.