![]() |
Este relato forma parte de mi libro El mar infinito y otros relatos, que puedes ver en la página Libros. Si quieres comentar cualquier cuestión relativa a él, puedes hacerlo enviándome un correo a la dirección indicada en la sección Contacto.
————— 0 —————
La chica de la mirada triste
Cuando encontré tirada en el suelo aquella foto, no sabía que ese suceso casual iba a cambiar tanto mi vida. Y muchos años más tarde, por desgracia, también cambiaría la vida de otras personas.
Fue a primera hora de una mañana primaveral de un año ya lejano. Recuerdo que iba a clase, porque recuerdo también que al agacharme para coger la foto, la mochila con los libros se me descolocó de la espalda. La foto estaba dada la vuelta, con la parte impresa contra la acera sucia, pero algo me indujo a coger aquel trocito de cartulina blanca, sin ni siquiera saber si era o no una foto. Lo era. Cuando le di la vuelta y vi aquel rostro, me quedé inmóvil durante un buen rato. Tanto, que debí de llamar la atención de un pequeño grupo de compañeros de clase, que se detuvieron para ver qué hacía allí, tan parado. Cuando noté que se acercaban, oculté la foto de inmediato en la palma de mi mano. Trataron de ver qué tenía, pero me resistí con fuerza. Se burlaron de mí, como siempre. Y Germán me dio una colleja, como siempre. Y los demás se rieron, como siempre. Traté de no hacerles caso y me enroqué sobre mí mismo, como siempre, hasta que se fueron. Odiaba a mis compañeros de clase, porque ellos también me odiaban. Decían de mí que decía tonterías y hacía cosas raras, algo que no era cierto. Y, además, aunque lo fuera, eso no era motivo para odiar a alguien tanto como me odiaban a mí.
Entonces, a riesgo de llegar tarde a clase, me senté en un banco para poder contemplar a placer aquel rostro que me había traído la fortuna. Noté que se me aceleraba el corazón. Era una chica de mi edad, catorce años, o quizá alguno menos. No puedo decir con imparcialidad si era o no muy guapa, porque de inmediato me faltó la objetividad de juicio que les falta a los enamorados cuando miran a su amada, y desde el principio me pareció guapísima. Es que lo era. Aunque lo que más me llamó la atención no fue su belleza, sino su mirada. Aquella chica no era feliz. Apoyaba su mentón en uno de sus puños, y su mirada, triste, se perdía en el vacío a la derecha de la cámara. ¿Por qué estaba tan triste? Pensé en las mil circunstancias que podían hacer infeliz a aquella chica. Pero de una cosa estaba seguro: yo podría hacerla feliz. Tenía que hacerla feliz.
Lo cierto era que, a mis catorce años, nunca me había dirigido a ninguna chica; quizá por timidez, quizá porque no me había atrevido a causa de mi aspecto, o por alguna otra razón que desconocía y tal vez no quería conocer. Pero esa foto me daba el pretexto perfecto para abordarla. «Perdona», le diría, «pero es que me he encontrado por la calle una foto tuya y quería devolvértela. Y, por cierto, que estás muy guapa». ¿Me atrevería? ¡Sí, me atrevería a decírselo! ¡Seguro! Y ella se ruborizaría, y luego me miraría con ternura, y lo de la foto daría lugar a que charláramos, y paseáramos un buen rato, y a mitad del paseo quizá nos cogeríamos de la mano, y ahí empezaría todo. La haría feliz. Estaba seguro de que podría hacerla feliz, porque ahora no lo era. Y yo tampoco. Como no sabía su nombre, pero necesitaba llamarla de alguna manera, la llamé La Chica de la Mirada Triste.
Recuerdo que me quedé en aquel banco, ensimismado en mis pensamientos, hasta que la lluvia me sacó de ellos. Hacía frío, pero sentía calor por dentro. Ya se me había pasado la hora de Historia, y también la de la clase siguiente. Como no podía volver a casa antes de tiempo, y tampoco ir al colegio, decidí quedarme en el portal de mi casa para poder seguir contemplando la foto a mis anchas sin que la lluvia la mojara. Entré en mi portal, subí medio piso por las escaleras y me senté en un escalón allí mismo, bien a solas. Saqué la foto y la estuve mirando durante un tiempo incierto, mientras intuía las circunstancias difíciles en que se desenvolvía la vida de aquella chica. Al rato, me sorprendí bañado en lágrimas, desolado por la existencia tan infeliz de aquella a la que tanto amaba. Tenía que encontrarla. Tenía que encontrarla. ¡Tenía que encontrarla!
Desde aquel día, encontrar a aquella chica se convirtió en el asunto más importante de mi vida. En realidad, el único motivo por el que vivir. Tenía que descubrir quién era, dónde vivía, darme a conocer y hacerla feliz. Los estudios, los amigos (aunque en realidad no tenía), mis padres y todo lo demás, de pronto ya no importaban. Lo primero que hice aquel día, al llegar a casa, fue meter la foto en una funda de plástico para que no se estropeara, ya que la miraba a todas horas. Y, cuanto más la miraba, más enamorado estaba de ella. Era perfecta: una chica sensible, culta, interesante, enamoradiza y triste. Triste, porque no había encontrado a nadie que la comprendiese y que la quisiera de la forma infinita que ella necesitaba. Yo lo haría.
Una vez que supe que podía encontrar a la Chica de la Mirada Triste en cualquier momento, decidí cambiar de aspecto. Le pedí a mi madre que me comprara ropa nueva para ir al colegio. Después de insistirle mucho, finalmente accedió a ello. Zapatos nuevos no quiso comprarme, así que todos los días limpiaba y embetunaba cuidadosamente los que tenía, y luego les sacaba brillo. Empecé a ducharme a diario, y también a diario me lavaba el pelo. Me cepillaba los dientes siempre antes de salir a la calle y mantenía mis uñas cortas y limpias. En casa se dieron cuenta de tanto cambio, ya que yo, por aquellos años, lo cierto es que era muy descuidado con mi aspecto y mi higiene, cosa que me costaba numerosas burlas en el colegio. Al ver que me arreglaba más, mi madre me decía, medio en broma, que seguro que estaba saliendo con una chica. Y yo no decía nada, pero sonreía, como si fuera cierto. Y es que, para mí, era cierto.
Después de unos días en los que la busqué a lo loco, a la entrada y a la salida de los colegios de chicas más cercanos, me di cuenta de que tenía que buscarla de una forma más sistemática. En aquella época, los chicos y las chicas íbamos a colegios diferentes. Me hice con un plano de la ciudad y, en él, fui señalando con un lápiz las calles que recorría en mis exploraciones. Marcaba con un número de referencia los sitios en los que descubría un colegio femenino y en una hoja aparte apuntaba ese número, el nombre del colegio, las horas de entrada y salida de clases y la fecha en la que había estado buscando a mi chica allí. Todos los días me levantaba, desayunaba, me arreglaba lo mejor posible, por si ese día se daba el ansiado encuentro, y partía con tiempo suficiente para estar en el colegio que me tocara ese día antes de que las chicas empezaran a entrar en él. A media mañana, la exploración consistía en descubrir más colegios femeninos y apuntarlos en mi plano. A última hora de la mañana, puntual como siempre, me encontraba ya a las puertas del siguiente colegio de mi lista para inspeccionar con cuidado todos los rostros, esta vez a la salida de las clases. Y por la tarde, otra vez lo mismo, porque casi todos los colegios abrían por las tardes. Las noches, hasta las doce o la una, encerrado en mi habitación, pasaba a limpio mis notas y planificaba lo que tenía que hacer la jornada siguiente.
Sin embargo, los meses fueron transcurriendo sin obtener el menor resultado. Una vez que hube revisado todos los colegios hasta una distancia de una media hora andando, límite que me pareció más que prudente, decidí volver a mirarlos todos, por si hubiera dado la casualidad de que el día que hice la inspección mi chica hubiera faltado a clase, por enfermedad o por cualquier otra circunstancia. Los domingos, para que no fueran días perdidos, hacía lo propio en las iglesias del barrio, a las horas de entrada y salida de las misas.
Ante la falta de resultados, cada día volvía a casa más desesperado.
Mis padres se preocuparon mucho, ya que no había forma humana de hacerme ir a clase ni de que aprobara ni una sola asignatura. Era lógico, pues mi trabajo de exploración me ocupaba todo el día. Me llevaron a un médico y a dos psicólogos, que me preguntaron qué hacía durante el día, con quién estaba y un montón más de estupideces, a las que me negaba a responder o lo hacía con mentiras, ya que a nadie le interesaba mi relación con la Chica de la Mirada Triste. Y, de todas formas, no habrían entendido nada.
Más de una vez pude ver a mi madre siguiéndome subrepticiamente en mis exploraciones, pero no le hice ningún caso ni le di explicación alguna cuando, ya de vuelta en casa, me preguntaba por qué hacía lo que hacía. No me gustaba tener preocupados a mis padres, pero no podía hacer otra cosa.
Cuando llegó el fin de curso, la desolación se apoderó de mí. La perspectiva de pasarme todo el verano sin ver a mi chica se me hacía insoportable. Me sentí morir. Miraba su foto una y otra vez y, para calmar la desesperación que me invadía, decidí continuar con la búsqueda, aunque hubieran cerrado ya los colegios. La haría de forma aleatoria, paseándome sin rumbo fijo por las calles del barrio, con la esperanza de que la casualidad quisiera darme lo que no me había dado una búsqueda sistemática. ¡Fue inútil! Cuanto más esquiva se me mostraba la Chica de la Mirada Triste, más enamorado estaba de ella, y más me convencía de que mi felicidad y, lo que era más importante, también la suya, dependían de que pudiera por fin encontrarla.
He de reconocer que aquella búsqueda había desbaratado mi vida. No vivía más que para ella, a pesar de los intentos de mis padres. No iba al colegio y ya no veía a los que mis padres, impropiamente, llamaban mis amigos. Y digo impropiamente porque no eran ni amigos ni nada que se le parezca, ya que no puede considerarse como tal a quien se burla de uno y no pierde ocasión de humillarle, y hasta de agredirle, a la menor oportunidad.
Pasaron los años, y con su paso me sentía más y más desesperado.
Cada vez tenía que irme más lejos en mis exploraciones, y a veces caía en el abatimiento más absoluto y pensaba que quizá nunca la encontraría. Me entraban ganas entonces de acabar con mi vida, pues no me compensaba vivir si iba a hacerlo sin ella. Para combatir mis pesadumbres, en ocasiones sacaba la foto y la miraba durante horas. Me imaginaba cómo sería mi vida con ella: empezaríamos a salir, nos casaríamos, haríamos el amor, tendríamos niños... Y entonces, con la ilusión de nuevo prendida en mi alma, salía a buscarla. De esa forma sentía renacer en mí la ilusión y las ganas de vivir. Vivir para encontrarla. Vivir para cogerla en mis brazos. Vivir para besarla y hacerla feliz, porque estaba seguro de que no sería feliz con nadie que no fuera yo.
——— 0 ———
Aquel día me levanté de la cama mediada ya la mañana. Cuando fui al baño y me miré en el espejo, me quedé aterrorizado. «¿Qué me ha ocurrido?», me dije. Llamé a gritos a mi madre. Fui hasta su dormitorio y, al ver que en su cama solo estaba el colchón cubierto con una lona blanca, recordé que, en realidad, había muerto hacía años. Me quedé hundido. «¡Mamá ha muerto!», me dije. Me derrumbé y me eché a llorar. Que la muerte de tus seres queridos se te vaya a veces de la mente es terrible, porque es como si murieran una y otra vez. Me di cuenta de que esa mañana, como en otras muchas, algo ocurría en mi cabeza. Miré alrededor. Estaba solo desde hacía ya muchos años y, al darme cuenta de ello, la soledad me pesó como un cadáver. Volví al baño y me miré de nuevo en el espejo. Sí, era yo. Esas arrugas, esa calva incipiente... Era yo. Entré en la cocina, desnudo como iba, y vi con desagrado que varias cucarachas correteaban por la encimera entre los montones de cacharros sucios. De un manotazo, aplasté a una de ellas contra un plato que tenía restos de lentejas. Creo que algo cayó al suelo y se rompió. Fui hasta la mesa, aparté unos platos con lo que había quedado de la cena del día anterior y allí, debajo de una sartén con aceite rancio, estaba el calendario. Lo cogí. Estaba abierto en abril de 2011. Miré el reloj de pared: 12,35 del día 4. Entraba luz por la ventana, así que eran las 12,35 del mediodía, no de la noche. Y estábamos en el día 4 de abril de 2011. Pensé durante unos instantes. Nací en 1967, de eso sí que estaba seguro, así que tenía... ¡cuarenta y cuatro años! ¡Dios! Y la Chica de la Mirada Triste tendrá, más o menos, otros tantos. Ya no la llamaba así. Desde hacía muchos años, era la Mujer de la Mirada Triste. Pensé con desesperación que, al no habernos encontrado, seguiría siendo infeliz. Seguiría con la misma tristeza clavada en aquellos ojos tan bonitos. Miré de nuevo el calendario, y vi que en el día en que estábamos, el 4, había una «P» escrita a rotulador. Lo hacía para recordar que tenía que ir a cobrar la pensión. Cobrar la pensión es importante, así que lo apunto para no olvidarlo. Y cuando vuelvo de cobrarla, tacho la «P», para saber que ya la he cobrado, porque ha habido meses en los que he ido varias veces a cobrarla, y el de la ventanilla me dice, burlón, que si pretendo cobrarla dos veces. Hay ocasiones en que no sé muy bien en qué año vivo, o que busco en casa a mi madre, hasta que veo su cama vacía, y entonces me doy cuenta de que ya murió, y me derrumbo, porque es como si mi madre muriera una y otra vez. Pero eso creo que ya lo he contado. A veces, me repito.
Al salir de la cocina, noté una punzada en el pie derecho. Iba descalzo, y había pisado un cristal que había en el suelo, de algún vaso que se me habría caído. Traté de recordar, pero no supe si se me había caído momentos antes o, quizá, en alguna otra ocasión. Daba igual. Luego lo barrería. Me fui andando hasta el baño, y me fijé en que iba dejando en el suelo pequeñas manchas de sangre. Cuando llegué al baño, me senté en el inodoro y me tanteé el pie. Me di cuenta entonces de que se me había olvidado quitarme el cristal, que seguía allí, clavado en la planta de mi pie. Me lo quité, lo arrojé a un rincón del baño y me metí en la ducha. Un pequeño hilo de sangre corrió hacia el sumidero, y me quedé mirándolo, sin entender muy bien de dónde provenía.
Salir a la calle me animaba. Primero, para dejar por unas horas aquella casa tan cochambrosa, llena de cucarachas, suciedad y miseria. Y, lo más importante, porque podría continuar con mi búsqueda. Me vestí. Al ponerme los calcetines, me fijé en que me sangraba un poco el pie, pero no recordaba muy bien la razón de ello. No le di importancia, porque la mancha del calcetín no se veía. Fui al despacho y cogí el plano de encima de la mesa. Desde que la Chica de la Mirada Triste había abandonado, previsiblemente, la edad escolar, y hacía de ello ya muchos años, mi estrategia de búsqueda había cambiado. Había dividido la ciudad en zonas, y recorría cada una de ellas de forma aleatoria durante una semana, con la esperanza de que, por fin, después de tantos años, la diosa Fortuna me sonriera y nos hiciera felices a los dos. Ese día, como tenía que ir a cobrar la pensión, y el banco estaba bastante lejos, recorrería esa zona que me pillaba de paso.
Me arreglé lo mejor que pude, cogí mi carné, el plano, el lápiz, las llaves y la navaja, y salí de casa. Desde que tuve la pelea en la que me rompieron el brazo, siempre salgo con una navaja en el bolsillo. Una navaja de hoja grande y afilada. No sé por qué, pero la gente se mete conmigo cuando salgo a la calle. Me insultan, me agreden, y más de una vez he evitado males mayores al sacar la navaja. La navaja asusta, aunque lo cierto es que la gente del barrio que me conoce se asusta de mí de todas formas, aunque no saque la navaja. De cualquier manera, me siento más seguro con ella en el bolsillo.
Había cobrado ya la pensión cuando algo, no supe qué, me hizo ir a la salida de un colegio a buscar allí lo que llevaba tantos años buscando. Entonces, la vi. Eran sus ojos. Era la misma mirada triste. ¡Era ella, después de tantos años! Tendría, más o menos, la misma edad que en la foto. Comprendí enseguida que tendría que ser su hija. Era imposible que no lo fuera, porque tenía su misma mirada, su misma expresión triste, su misma forma de la cara, sus mismos labios... La seguí, discretamente, con el corazón galopándome en el pecho. Por alguna razón, no quería que ella me viera, aunque, lógicamente, no podía conocerme. Parecía que volvía del colegio, a comer a casa. Ella me llevaría ante la persona que me estaba esperando desde hacía treinta años. Por fin podríamos ser felices. Pensé, con desagrado, que si había tenido una hija significaba que se habría casado. Tendría marido, o pareja, o lo que fuera. Pero me dije que no importaba. La llevaba esperando desde hacía tanto tiempo, la había buscado tanto, que el marido lo comprendería. Tendría que comprender. Se haría a un lado para permitir que ella y yo pudiéramos ser felices, ya que con él no lo era. No iba a permitir que nada ni nadie se interpusiera entre nosotros, después de treinta años.
La niña se adentró en una calle más estrecha que me produjo una cierta inquietud, sin saber bien la razón de ello. Tenía la sensación, absurda, por supuesto, de que esa niña me estaba llevando hacia una especie de trampa. ¿Me sonaba esa calle? Podría ser, ya que había recorrido la ciudad muchas veces, después de tantos años de búsqueda desesperada. Pero aquella calle traía a mi mente efluvios desagradables, no sabía por qué. Era como si percibiera en ella jirones de recuerdos que quería olvidar. Pero la seguí, a pesar de todo, porque no podía desaprovechar esa oportunidad. Vi un portal a veinte pasos por delante de la chica y, por alguna razón que ignoraba, supe que iba a entrar allí. Y, en efecto, se detuvo frente a él. Me llegó de nuevo como un aletazo de alarma, una voz interior que me gritaba: «¡No entres!», pero la desoí. La chica sacó una llave de su bolsillo y abrió el portal. Pasó adentro y, antes de que se cerrara la puerta, puse el pie y pasé yo también.
De inmediato sentí en aquel portal algo que no me gustó. La chica, al fondo, había entrado en el ascensor. Se volvió y me vio. «¡Espera!», le dije. Vi entonces el pánico en su cara, no sé por qué, y cerró la puerta del ascensor de golpe. Corrí hasta él, quise abrir la puerta para pasar yo también, pero había ya arrancado. Sabía (¿por qué lo sabía?) que había muchos pisos y muchas puertas en cada piso, y no quería perder aquella pista cuando estaba ya tan cerca de mi objetivo, así que salí corriendo hacia las escaleras y comencé a subir a toda prisa detrás del ascensor. Uno, dos, tres, cuatro pisos. Sabía que me quedaban otros dos y, en efecto, al poco se detuvo el ascensor en el sexto. La chica salió corriendo y llamó a una puerta desesperadamente. «¿Por qué tiene tanto miedo?», me pregunté. La estaba observando, jadeante, oculto tras el último tramo de escaleras para que no pudiera verme. Alguien abrió, y la chica entró en su casa y cerró la puerta de golpe. Al instante, subí el tramo de escaleras que me faltaba y me planté frente a la puerta. Detrás de ella estaba, con seguridad, la Mujer de la Mirada Triste. ¡Después de tantos años!
Algo me hizo pegar la oreja a la puerta para escuchar. Pude oír un llanto infantil, probablemente de la chica, y una voz de hombre que trataba de tranquilizarla. De nuevo, un ramalazo de inquietud me golpeó. Pero no podía esperar más. Detrás de aquella puerta, allí mismo, estaba la mujer que había estado buscando durante treinta años, y el ansia que sentía era tal que apenas me dejaba respirar. Eso hizo que, abandonando toda prudencia, llamara al timbre. Se hizo el silencio tras la puerta. Yo seguía escuchando, así que pude oír la voz del hombre que decía: «Métete en tu cuarto, cierra con cerrojo y no salgas». Esperé. Noté que, de una forma casi inaudible, muy despacio, giraba la tapa de la mirilla. Miré hacia ella, desafiante. Esperé. Volví a llamar. Estaba dispuesto a todo. Por fin se abrió la puerta, solo un poco, una rendija de medio palmo. La cara de un hombre, más o menos de mi edad, apareció en ella. El sufrimiento y la desolación habían dejado huella en su rostro, pero en ese momento era el miedo lo que más se dejaba ver en él. No dijo nada. Se limitó a mirarme.
—Buenos días —dije, con el tono más amable de que fui capaz—. Quería hablar con la madre de la chica que acaba de entrar.
Había decidido dejarme de rodeos. Aquel hombre, probablemente el padre de la chica, parecía ser tremendamente infeliz, y había hecho también infeliz a la mujer que yo había venido a buscar. Se apartaría de nosotros cuando viera que no podía seguir al lado de ella. Podría quedarse con la niña, si quería, pero no con la mujer. Lo aceptaría, que me la llevara. Lo tendría que aceptar, después de treinta años.
El hombre dudó, e hizo ademán de cerrar la puerta. Pero luego, antes de que yo pusiera el pie entre la puerta y el marco, como pensaba hacer, pareció cambiar de opinión.
—No está —dijo, con la voz descompuesta.
—Puedo esperarla.
Podía esperarla unos minutos, después de treinta años.
Dudó.
—Puede esperar dentro —me dijo por fin, y abrió un poco más la puerta.
—Gracias.
Pasé adentro, aunque algo en mi interior me decía que no lo hiciera. Era un recibidor pequeño, que daba a una salita en la que había dos puertas cerradas. Sabía que la de la izquierda daba a la cocina y, la de la derecha, a un pasillo que comunicaba con las habitaciones. El hombre mostraba una actitud en extremo temerosa. Mantenía siempre su mano derecha detrás de su cuerpo, como si ocultara algo en ella. Por un momento, temí que fuera un cuchillo, pero deseché esa idea por parecerme absurda. ¿Por qué iba a ir armado?
—Siéntese —me dijo, con voz temblorosa—. No tardará.
Miré el sofá al que señalaba y decidí obedecerle, aunque sabía que era incómodo.
El hombre, después de unos instantes de indecisión, salió de allí y desapareció por la puerta de la derecha que, en efecto, comunicaba con un pasillo. Al poco, me pareció oír de nuevo su voz. Pero solo su voz. No la de la chica, ni la de nadie más. Hablaba en voz baja, como si tratara de que no le oyera. Y me pareció notar tensión en sus palabras.
Esperé. No sé cuánto tiempo, pero se me hizo muy largo. Tenía la sensación de que algo iba a ocurrir. Algo malo. Me removía constantemente en aquel sofá tan incómodo. Intuía un peligro indefinido, sabía que no debía seguir allí, pero la necesidad de ver por fin a la Mujer de la Mirada Triste, después de tantos años, era más fuerte que cualquier otra cosa. Sin embargo, poco a poco, esa sensación de peligro inminente, de que algo malo iba a ocurrir, hizo que me pusiera en pie. No sabía por qué, pero tenía que salir de allí.
Entonces el hombre, siempre con su mano derecha oculta tras su cuerpo, apareció en la puerta, y supe por ello que me había estado vigilando desde el pasillo. Eso hizo que aumentara mi alarma.
—¿Se va? —me dijo.
—No sé... —dudé.
—No va a tardar ya.
Pensé que, quizá, aquel hombre quería en realidad que me llevara a su mujer. Me senté, y el hombre desapareció de nuevo.
En efecto, a los pocos minutos escuché que el ascensor se detenía en aquella planta. ¡Ella! Después de tanto tiempo, ella. Me puse en pie.
Se oyó el timbre. Tres veces. Con urgencia. El hombre, presuroso, salió a abrir la puerta. El pensamiento de verla por fin barrió todos los temores y todas las malas sensaciones que pudiera haber tenido.
Pero quien apareció no fue ella, sino cuatro policías de uniforme y un hombre de paisano. Entraron en la habitación y se quedaron de pie, como rodeándome, tensos. Todos me miraban, muy serios. Me fijé que los de uniforme llevaban la funda de sus pistolas abiertas, como preparados para desenfundar sus armas en cualquier momento. El padre de la chica parecía de pronto más relajado, y me fijé en que dejaba sobre un aparador lo que había mantenido oculto en su mano derecha todo el tiempo. Como me imaginaba, era un cuchillo.
Al ver a los policías, comprendí que los había llamado el padre. Entonces me di cuenta de que había cometido un error al no haber escapado de allí cuando todavía estaba a tiempo. Pero ya era tarde.
—Señor Solana —dijo el que iba de paisano, que debía de ser el jefe, dirigiéndose al hombre que me había abierto la puerta—, ¿está su hija en casa?
—Sí.
—Dígale que venga, por favor.
—¿Es necesario?
—Sí.
El hombre, tras dudas unos instantes, desapareció por la puerta que daba al pasillo y, al poco, pude oír una breve conversación en la que el hombre parecía insistir, y la niña, resistirse. «Tienes que ser valiente», oí que le decía el hombre por fin, alzando un poco la voz.
Al poco, aparecieron ambos en la habitación. La niña, que temblaba de forma ostensible, tenía aquellos ojos tan tristes que me habían subyugado treinta años atrás, cuando los vi en su madre. No se atrevía a mirarme. Trataba de situarse detrás de su padre, como si buscara su protección.
—¿Es él? —dijo el jefe de los policías, dirigiéndose a la niña.
Ella me miró por fin, y pude ver que tenía ojos de haber llorado.
—Sí —dijo—. Es el hombre que mató a mamá.
© Francisco Torroja, 2015

No hay comentarios:
Publicar un comentario