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Este relato forma parte de mi libro El mar infinito y otros relatos, que puedes ver en la página Libros. Si quieres comentar cualquier cuestión relativa a él, puedes hacerlo enviándome un correo a la dirección indicada en la sección Contacto.
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El crimen perfecto
Soy mucho más inteligente que la inmensa mayoría de los mortales, y es algo tan evidente que no merece la pena perder el tiempo en discutirlo. Soy ingeniero, fui número uno de mi promoción y, después de una carrera profesional extraordinaria, en la actualidad soy un alto ejecutivo de una multinacional, y a ella dedico gran parte de mi talento. Pero lo mejor de mí, la parte más creativa, sistemática y brillante de mi cerebro la he dedicado desde hace años a mi gran obsesión, a la que siempre quise que fuera mi gran obra: el Crimen Perfecto.
Crear un dispositivo electrónico más útil y barato, lograr un gran contrato o multiplicar por tres las ventas de la división de electrónica de consumo de mi empresa han sido retos interesantes, qué duda cabe. Pero, ¿acaso un ingeniero, un vendedor o un ejecutivo han estado alguna vez presentes en todos los noticiarios y, con el paso del tiempo, han llegado a ser verdaderos mitos para la sociedad? ¿Qué ejecutivo puede compararse con Jack el Destripador, por poner un ejemplo? Solo los grandes genios universales, como Mozart, Newton o Descartes pueden aspirar a hacer sombra a alguien como el Destripador.
Sé que mucha gente no entenderá el increíble atractivo que tienen los retos para algunas personas, como me ocurre a mí. Es como escalar una cima muy difícil: algo que muy pocos en el mundo se atreverán a intentarlo, y cuando se está en la cima, la satisfacción es indescriptible. Desafiar y vencer a los mayores expertos de la policía, a toda la fuerza represiva del Estado, y pasar con ello a la Historia, sería lo mismo: una satisfacción indescriptible. Un reto adecuado para alguien como yo.
Ya desde pequeño me atrajo el crimen, y devoraba con pasión todo libro que abordara el tema. Empecé, con cinco años, leyendo las novelas de Agatha Christie, pero pronto me parecieron demasiado infantiles. Quizá con ocho o diez, años acabé con todas las novelas de Conan Doyle, Simenon, Chandler y otros autores por el estilo. No me interesaban de ellas las escenas de acción, persecuciones o puñetazos, sino los mecanismos subyacentes, los razonamientos, las pruebas, los errores cometidos por los delincuentes, la actuación policial...
Más adelante, necesité algo más que novelas y me puse a estudiar con detenimiento información más profesional, proveniente de criminólogos, psicólogos, jueces, expertos forenses y de las diversas policías del mundo. Devoraba uno tras otro los informes de asesinatos, investigaciones, técnicas y cualquier otro campo que me permitiera, poco a poco, pero con seguridad, ir diseñando lo que iba a ser un crimen científicamente perfecto; o, si se quiere, simplemente, el Crimen Perfecto; así, con mayúsculas.
Después de años de un análisis detallado de cientos de crímenes, fui delimitando las variables que tenían que configurar el Crimen Perfecto. Para ello, elaboré en mi ordenador varios documentos, con un volumen total de más de tres mil páginas, en los que fui analizando las diversas alternativas. Expondré aquí al lector únicamente un resumen de las principales conclusiones a que llegué en el mencionado estudio.
En primer lugar, pronto me quedó claro el tipo de crimen que tenía que cometer: el rey de los crímenes, el crimen por antonomasia, es el asesinato, así que asesinato tenía que ser el crimen que yo iba a diseñar y ejecutar.
En segundo lugar, abordé el tema del arma, y puedo asegurar al lector que la cuestión resultó mucho más ardua de lo que pueda parecer. Tras analizar con detenimiento las diversas alternativas, llegué a la conclusión de que no existía en el mercado el arma perfecta. Un arma de fuego parece contundente, y lo es. Pero hace mucho ruido, y eso es algo que compromete la fuga. Pero, sobre todo, un arma de fuego es muy difícil de conseguir. Es cierto que hay personas que la pueden proporcionar por un precio razonable, pero el problema estriba en que, según pude dilucidar de multitud de informes policiales, es frecuente que estas personas pasen a la policía la información de a quién han vendido el arma. No tengo relaciones con el mundo del hampa, por lo que consideré que era muy arriesgado intentar esta vía. Deseché, por tanto, utilizar un arma de fuego.
Las armas blancas son, quizá, las siguientes de la lista en cuanto a las preferencias de los amantes del asesinato. Son silenciosas, fáciles de conseguir y de ocultar, pero su efectividad real dista mucho de lo que cree la gente, en base a las escenas que aparecen en las películas. En estas, basta una cuchillada en el abdomen para que la víctima caiga fulminada al suelo. ¡Mentira! La realidad, y sobre esto también me informé de forma exhaustiva, es que la víctima de un arma blanca suele sobrevivir a multitud de cuchilladas, en ocasiones a más de veinte o treinta, antes de morir. Es cierto que muchas de esas heridas puede que sean mortales, pero la muerte por hemorragia tarda en llegar un tiempo que no me podía permitir. Lo que necesitaba era un arma fulminante, y el arma blanca no lo es. Solamente si se alcanzaba el corazón o alguna de las grandes arterias que lo rodean puede pensarse en una muerte rápida. Pero el corazón, como todo el mundo sabe, está protegido por las costillas, y solo un movimiento profesional y difícil, accediendo a ese órgano por debajo de las costillas y evitando el esternón, garantizaba una muerte rápida. Pero yo no era un profesional, de forma que rechacé también el arma blanca para perpetrar el Crimen Perfecto.
A pesar del evidente interés que tiene el tema de la selección del arma ideal, el miedo a cansar al lector me hace pasar por encima de otros muchos métodos que consideré para alcanzar mi objetivo, como el veneno, el ahorcamiento, la simulación de un accidente, la electrocución, la asfixia por inmersión o la utilización de un explosivo, por citar solo unos cuantos. Todos ellos, y muchos otros que omito en pro de la agilidad narrativa, fueron rechazados tras los correspondientes estudios científicos de viabilidad.
Al final, el método que cumplía todos los requisitos fue el de la trepanación del cráneo mediante impacto. Estuve viendo vídeos en los que se mataba a cerdos del tamaño de una persona o incluso más grandes mediante el método de la bala cautiva. Este consiste en una pistola especial que, mediante un pequeño cartucho de pólvora del calibre 22 (poco más grande que el de una escopeta de aire comprimido), impulsa un punzón que penetra apenas unos milímetros en la zona frontal del cráneo del cerdo. El efecto es fulminante: el animal cae inconsciente de forma instantánea.
Sin embargo, pronto aparecieron los problemas: para ser eficaz, el arma debe estar en contacto con el cráneo, lo cual es algo que no siempre puede asegurarse, ya que un movimiento brusco de la víctima podría malograr la operación. Además, no resultaba sencillo hacerse con una de esas armas, sobre todo sin dejar rastro de la compra. Por último, no era del todo silenciosa, ya que hacía un ruido semejante al de un pequeño petardo, lo que suponía un problema no desdeñable de cara a la huida.
Pero no me desanimé. Estaba convencido de que la percusión craneal era el método perfecto, y si no existía el arma adecuada, yo me la fabricaría. Para algo soy ingeniero, pensé, y disponía en casa de un pequeño taller de bricolaje. Tardé varios meses en conseguir mi objetivo, tras elaborar varios prototipos, pero al final el resultado fue espectacular. El arma estaba camuflada bajo la forma de un paraguas plegable, de unos cuarenta centímetros de longitud. Consistía en un punzón de acero que, impulsado por un potente muelle, asomaba quince centímetros por la punta del paraguas cuando se apretaba un botón oculto en la empuñadura. Una vez disparado, y tras haber atravesado el cráneo y el cerebro de la víctima, el punzón quedaba sobresaliendo del paraguas; pero, empujándolo fuertemente contra el suelo, volvía a su alojamiento original, camuflado y preparado para un nuevo uso, si llegaba el caso.
Tras probarlo muchas veces, primero en vacío y luego contra un montón de periódicos, consideré que tenía que comprobar su efectividad real. Acudí a una ONG que acoge animales abandonados y adopté un mastín enorme, cuyo cráneo, juzgué, sería al menos tan grueso como el de una persona. Me fui al campo con él y, en un lugar discreto, acerqué mi arma a su cabeza y disparé. Cayó al suelo fulminado. A continuación, llevé su cuerpo hasta la carretera y pasé sobre su cabeza con mi vehículo, para simular una muerte por atropello. Mi arma había supuesto un éxito total.
Pero la parte más importante del diseño del Crimen Perfecto consistía en definir las circunstancias del asesinato. Estaba convencido de que, si la policía ponía su ojo en mí, podría considerarme perdido. El estudio científico de cientos de casos me permitió encontrar la clave, lo más importante para que el Crimen quedara impune. La llamé la Regla de Oro del Crimen Perfecto, y dice así: no debe haber la menor relación entre asesino y víctima. Si no había relación, la investigación nunca llegaría a buen término, porque la policía no tendría ninguna pista que seguir.
En efecto, lo primero que hace la policía en estos casos es investigar a los conocidos de la víctima: vecinos, socios, familiares, clientes, acreedores, amantes, deudores, amigos, enemigos, compañeros de trabajo... Y en cada uno de estos sospechosos busca una razón para matar a la víctima. Si no encuentra a ninguno, la única alternativa es buscar entre personas con antecedentes por ese tipo de delito y, dado que yo no tenía ningún antecedente delictivo, no tenía nada que temer al respecto. Por ello, si yo no tenía la más mínima relación con la víctima, la policía no tendría ningún hilo del que tirar, y el delito quedaría impune. Y esa impunidad, ni que decir tiene, era condición imprescindible para que pudiera hablarse de Crimen Perfecto. Por tanto, lo que tenía que hacer era asesinar a alguien con quien no tuviera la menor relación.
Una vez que tuve todo estudiado y preparado, ya solo me quedaba ejecutar el Crimen Perfecto. Para ello tuve que esperar, impaciente, la llegada de una noche en la que lloviera o amenazara lluvia, ya que podría resultar chocante ver a un hombre con paraguas en una noche despejada. Además, era conveniente que Andrea, mi mujer, estuviera fuera de casa, porque pensé que no era prudente que hubiera un testigo que pudiera declarar que me había ausentado de mi domicilio durante las horas críticas en las que se había cometido el asesinato, en el supuesto casi imposible de que fueran tras de mí.
Por otra parte, un aspecto importante del plan era la conveniencia de actuar disfrazado. Mis amplios estudios relativos al tema indicaban que hay múltiples cámaras que graban la calle en bancos, joyerías y otros locales, por lo que era fundamental que, en caso de ser grabado, no se pudiera relacionar al asesino con mi persona.
Por fin llegó el gran día. Había estado lloviendo por la tarde, y Andrea iba a salir a cenar con unas amigas, cosa que últimamente hacía cada vez con mayor frecuencia, lo que convenía a mis propósitos. Me aseguré de que no volvería antes de las dos de la madrugada; era viernes, y al día siguiente no tendría que ir a trabajar. En cuanto salió de casa, repasé un planning muy detallado que había elaborado durante los meses anteriores, aunque lo cierto era que me lo sabía de memoria.
Tenía todo mi equipo guardado en una maleta cerrada con llave, por si a Andrea se le ocurría tratar de mirar en su interior. No tenemos hijos, así que no había nada que temer en ese aspecto. Me tranquilizó recordar que había comprado todo el material de mi equipo en Sevilla, por si luego la policía investigaba algo en las tiendas de Madrid, donde residía. Metí todo lo necesario en una bolsa de bandolera y salí de casa. Mi primera escala iba a ser en un McDonald´s que distaba varias manzanas de mi domicilio. Como esperaba, estaba lleno de gente, y nadie se fijaría en mí. Entré directamente a los servicios. Recuerdo que estaba emocionado, y el corazón me palpitaba más fuerte de lo normal. Estaba haciendo historia; o, mejor dicho, Historia, con mayúsculas. Lo había estudiado todo de una forma tan científica, hasta el más mínimo detalle, hasta la posibilidad más ínfima, que era imposible que algo saliera mal. Iba a ser el Crimen Perfecto.
Me encerré en una de las cabinas de los servicios y actué con rapidez. Iba a tardar cinco minutos y medio. Lo había hecho varias veces en casa, y ese era justamente el tiempo que necesitaba. Saqué de la bolsa un pequeño espejo que tenía una ventosa y lo fijé a la pared. A continuación, me apliqué en la cara un maquillaje especial, que utilizan los actores, que oscureció notablemente mi rostro, lo que cambió mucho mi aspecto, pues soy de tez muy clara. A continuación, me maquillé arrugas en la cara y me puse una peluca de color blanco y barba y bigote postizos del mismo color. Terminé con unas gafas grandes de concha ligeramente oscurecidas. Me miré en el espejo: ¡Perfecto! Ya no era yo. Saqué de la bolsa una gabardina oscura y me la puse sobre la chaqueta clara con la que había salido de casa. Era importante que fuera oscura, por si me salpicaba algo de sangre. Me miré por última vez en el espejo, para comprobar que todo iba bien, di la vuelta a mi bolsa de bandolera, que era reversible y pasó a ser oscura en vez de clara, y guardé todo el material en ella. Miré el reloj. En efecto, había tardado diez segundos menos de los cinco minutos y medio que había calculado. Salí a la calle, emocionado, en busca de mi presa, con mi arma en la mano derecha. En el McDonald´s había entrado yo, un joven apuesto de treinta y cinco años, pero había salido otra persona que no era yo, con una edad aparente que rondaría los sesenta. Cualquier grabación o testimonio que pudiera haber del asesino se perdería aquí.
Me encaminé al metro y, tras un buen número de estaciones, me bajé en Fuencarral. Era un barrio lo suficientemente lejano de mi casa como para que nadie pudiera relacionarme con el suceso, si es que algún día me ponían bajo la lupa, aunque estaba seguro de que eso nunca iba a ocurrir. Salí del metro y me encaminé a una zona de casas bajas, poco frecuentada y oscura a esas horas de la noche, que se prestaba muy bien a mi propósito. Ni que decir tiene que había realizado previamente, durante los meses anteriores, un estudio científico de las zonas más idóneas de Madrid para realizar el Crimen Perfecto. Y esa era la mejor: poco frecuentada, con muchos árboles que ocultarían la acción a miradas indiscretas, lejos de cualquier comisaría, cerca del metro... ¿Qué más se podía pedir?
Comencé a pasear por allí, en espera de cruzarme con la persona adecuada. Podía ser hombre o mujer, joven, viejo e incluso un niño me hubiera servido; me era indiferente. El único requisito era que, en caso de ser hombre, no fuera excesivamente corpulento. Voy regularmente al gimnasio y soy todo músculo, y además peso casi noventa kilos, así que, en caso de haber problemas, contaba con mi fuerza física para dominarle, pero consideré que era preferible no abordar a alguien que pudiera oponer resistencia, llegado el caso. Para mayor seguridad, llevaba encima un spray irritante y una navaja automática de buenas dimensiones, aunque estaba seguro de que no sería necesario recurrir a ellos.
Comencé a pasear por la zona en busca de mi presa. Me sentía como Dios, con poder sobre la vida y la muerte de los demás. Vi a una vieja que salía de su casa con una bolsa de basura en la mano. Me podría servir. Miré alrededor y no vi a nadie, así que me dirigí hacia ella, con el paraguas firmemente sujeto en la mano derecha. Cuando estaba a unos diez metros de ella, eché un último vistazo y, entonces sí, pude ver a una pareja detrás de mí, a cosa de cincuenta metros de distancia. Miré a la vieja y la sonreí. Ajena a lo cerca que había estado de la muerte, me devolvió la sonrisa. Dios y yo, por una vez, le habíamos perdonado la vida.
Durante los siguientes quince minutos vi a otros dos objetivos que, por una u otra razón, tampoco me parecieron idóneos. Entonces le vi a él. Un hombre que rondaría los treinta y pico, más bien enclenque, acababa de abrir la puerta de su vehículo. Miré alrededor, y no vi a nadie. El imbécil ese estaba, además, en una zona mal iluminada. Aceleré el paso, temiendo que se introdujera en el coche y partiera, pero no: se limitó a coger una cajetilla de tabaco del interior de su vehículo, salió de él y cerró la puerta. «¿Se te olvidó el tabaco en el coche?», pensé, divertido. «Ya dicen que fumar es malo para la salud, y a ti te va a costar la vida, imbécil». Me acerqué a él con los movimientos no muy vigorosos que se esperan de un hombre de la edad que yo aparentaba. Sujetaba con fuerza el paraguas con la mano derecha y tenía el pulgar en el botón que lo accionaría. Ya tenía pensado lo que había que decir:
—Buenas noches. Por favor, ¿sabe por dónde queda la boca de metro más cercana?
Mientras le hacía la pregunta, miré rápidamente alrededor, en teoría para buscar el metro, pero en realidad era para echar una última ojeada y comprobar que no había testigos. No los había. El imbécil me miró. Era un tío pintoresco, con unas cejas extraordinariamente gruesas, nariz prominente y dientes de caballo. Le pregunté por algo que yo sabía que quedaba a su espalda, para que se girara a fin de indicarme la dirección y facilitarme así lo que tenía que hacer.
—Sí, está aquí al lado —dijo el imbécil, sin sospechar nada. Entonces se giró y continuó—: A cosa de cien metros verá una calle...
¡Ya está! Me daba la espalda. No tenía más que llevar mi paraguas hasta su cabeza y presionar el botón. El arma haría bien su trabajo: el punzón se dispararía, perforaría limpiamente su cráneo y penetraría quince centímetros en su cerebro, provocando la muerte instantánea de ese inútil. ¿Me atrevería a hacerlo? ¿Dudaría en el último momento? No dudé. Lo hice. Se oyó un ruido sordo y la cabeza del imbécil se sacudió hacia adelante, como si le hubieran dado una colleja. Tiré de mi arma para extraer el punzón, y entonces el hombre giró su cabeza y me miró por un instante. Su gesto era, simplemente, de sorpresa, y pensé por un momento que no le había pasado nada. Entonces vi un chorrito de sangre que le salía de detrás de la cabeza y manchaba su coche. De pronto, sin decir nada, se derrumbó.
Entonces, con calma, hice el movimiento que había practicado en casa docenas de veces: apoyé el punzón contra el suelo y, apretando con fuerza, lo metí de nuevo en su alojamiento secreto. Ya estaba oculto y, por añadidura, dispuesto para ser utilizado de nuevo si aparecía cualquier problema. Eché una última ojeada al imbécil y, andando de prisa, pero sin correr, enfilé hacia el metro. Cuando planifiqué el Crimen Perfecto estuve tentado de incluir un punto en mi planning: robar la cartera a la víctima para despistar a la policía acerca de la verdadera motivación del crimen. Pero me pareció algo así como jugar sucio. La policía investigaría durante unas semanas, no llegaría a nada y archivaría el expediente como un caso de robo con resultado de muerte. No. Era tomar demasiada ventaja. Me pareció mucho más redondo, meritorio y sensacional que quedaran desconcertados, sin saber siquiera el motivo del asesinato.
Minutos más tarde, ya en el vagón del metro, me sentí seguro y pude pensar en lo que había hecho. Estaba orgulloso por lo bien que había actuado y la sangre fría de que había hecho gala. Todo había salido a la perfección. Estaba exultante. ¡Lo había logrado! El Crimen Perfecto era una realidad. Sabía que quedaría impune porque había cumplido la Regla de Oro del Crimen Perfecto: no tenía la más mínima relación con la víctima. Era imposible, científicamente imposible, que pudieran llegar hasta mí.
Desanduve el camino que había hecho un par de horas antes y entré en el McDonald´s, me quité el disfraz y el maquillaje, guardé en la bolsa la gabardina oscura y recuperé mi verdadera identidad. Cuando llegué a casa comprobé, con alivio, que Andrea todavía no había vuelto. Entonces, cuando me disponía a poner en práctica la última parte de mi plan (deshacerme de todo objeto que se pudiera relacionar con mi acción), me quedé pensativo. Una posibilidad nueva, apasionante y perturbadora iba naciendo en mi mente: había logrado el Crimen Perfecto, era verdad, pero el Olimpo de los criminales más famosos y respetados está presidido, sin duda alguna, por los asesinos en serie. Por tanto, ¿y si me convertía en el más famoso de todos ellos?
La posibilidad me dejó alucinado. Lo cierto era que no había pensado seriamente en ello hasta ese momento. Pero todo había resultado tan fácil, y yo lo había hecho tan bien, que no veía ningún problema en repetirlo cuantas veces quisiera. Por el contrario, la realización de nuevas acciones supondría para mí un acicate, una ilusión por vivir y una forma de superar el aburrimiento mortal en que se había convertido mi trabajo y mi vida entera durante los últimos años. Me di cuenta de que lo único que me había motivado últimamente era la planificación del Crimen Perfecto, y la posibilidad de deshacerme de todo mi material y no volver a pensar en el tema me parecía espantosamente aburrida y deprimente.
¡Estaba decidido! Me convertiría en el más genial y desconcertante asesino en serie que hubiera existido en este país. Jamás podrían atraparme, porque siempre respetaría la Regla de Oro del Crimen Perfecto: nunca existiría relación alguna entre mi víctima y yo. Mi genio doblegaría la corta inteligencia de todos esos polis inútiles, cortitos y engominados que salen en los telediarios. Y, después de seis, diez o veinte acciones, todas ellas culminadas con éxito, tal vez me aburriría y colgaría mi paraguas. Entonces, con el paso de los años, mi nombre se iría convirtiendo en mítico; tanto, quizá, como el de mi admirado Jack.
¿Cómo me llamarían? ¿El Asesino Invisible? ¿El Monstruo del Estoque? Me regodeaba en ello, y pensaba que, en el trabajo, mientras hablaba con un cliente o un compañero, podría pensar: «Imbécil, estás hablando con el Monstruo del Estoque, y no lo sabes». Y lo mismo con Andrea, o con cualquiera de mis cuñados o con mi madre. Solo yo sabría que, detrás de uno de los más exitosos ingenieros del país se ocultaba el temido Monstruo del Estoque, o comoquiera que me fueran a llamar.
Comencé a guardar mi equipo en la maleta. Comprobé antes que ninguna de las prendas que había utilizado estaba manchada de sangre. Pensé que era una pena no haberme quedado con algo de mi víctima a modo de trofeo, y entonces se me ocurrió algo ingenioso: guardaría un trapito impregnado en la sangre de cada víctima. Accioné el botón del paraguas, y el punzón asomó de golpe, con un ruido metálico. Vi que, como suponía, estaba manchado de sangre, ya coagulada. Recorté un trozo de trapo blanco de unos diez por diez centímetros, le puse la fecha y el nombre de mi víctima, a la que llamé Dientes de Caballo. Por último, limpié el punzón con la parte central del trapo, y una bonita mancha rojiza quedó en el centro del mismo. Orgulloso, extendí el trapo y lo contemplé. Me imaginé el efecto que haría la visión de diez o doce trapitos, cada uno con su nombre, fecha y mancha correspondientes, clavados en una tabla, igual que se exponen cabezas de ciervo o de jabalí. No pude evitar soltar una carcajada.
Me acosté, pero no pude dormir, tal era la excitación que me embargaba, pensando una y otra vez en lo que dirían de mi hazaña los periódicos del día siguiente. Serían las tres de la madrugada cuando oí el ruido de la puerta de entrada. Era Andrea, que llegaba de marcha, y lo cierto era que no me venía mal su llegada, porque si me la follaba era posible que después consiguiera dormirme de una vez. Entró en silencio y sin encender la luz, pero la encendí yo y la saludé. Quise charlar un poco, pero me dijo que se encontraba mal y que quería dormirse. La verdad era que traía mala cara, y parecía haber llorado, pero no le pregunté qué le pasaba, porque no me interesaba en absoluto. Le dije que la encontraba más atractiva que nunca (cosa que era mentira, porque se estaba poniendo hecha una foca) y otro par más de romantiqueces estúpidas, a ver si la ponía sensiblera y se dejaba follar, pero ni por esas. Se acostó en la cama común, lo más alejada de mí que pudo, y enseguida se hizo la dormida.
Su actitud me jodió bastante la excitación que sentía por el Crimen Perfecto. Me cabreé. Veía que Andrea estaba cada vez más borde. Siempre he pensado que si un hombre se casa con una mujer es para tener su coñito permanentemente disponible, así que me cabreaba la actitud de Andrea, que desde hacía meses se mostraba cada vez más distante y menos follable. Aunque es más tonta que las piedras, accedí a casarme con ella, hará cosa de seis u ocho años, porque estaba buena y su familia tenía pasta. Pero, la cosas como son, todavía no he visto un duro, a pesar de las comidas de coco que le he pegado al suegro; y en la cama, como he dicho, la cosa iba cada vez peor. Menos mal que, en el trabajo, Mercedes seguía coladita por mí y, a base de promesas absurdas y planes de futuro ridículos (no sé cómo se los cree; hay que ser tonta), se dejaba trajinar de vez en cuando. Y entre la Merceditas y algún puterío de vez en cuando, iba supliendo lo mejor que podía las reticencias de Andrea.
En fin, el caso es que, entre unas cosas y otras, esa noche no sé ni a qué hora me dormí. Quizá serían las cuatro, o así.
A la mañana siguiente, lo primero que hice fue vestirme y bajar al kiosco a por los periódicos. Me decepcionó ver que la mayoría no hacían mención al tema, y los que lo llevaban a sus páginas se limitaban a poner una breve nota en la sección de Sucesos, del estilo de esta del ABC:
HOMBRE ENCONTRADO MUERTO EN FUENCARRAL
En la noche de ayer, a las 23,30 horas, frente al número 92 de la calle Badalona, en el distrito de Fuencarral, fue encontrado el cuerpo sin vida de M. D. C., de treinta y tres años de edad, con indicios de violencia. Cuando llegó una unidad del SAMUR, no pudo hacer más que certificar su muerte, según el portavoz de esta organización.
M. D. C. era muy conocido y apreciado entre sus vecinos, que no se explican que alguien haya querido hacerle ningún mal. El juez que investiga el caso ha decretado el secreto del sumario, y la policía no ha querido declarar con qué hipótesis se trabaja, aunque fuentes consultadas manejan la posibilidad del robo.
La víctima deja viuda y dos hijos de corta edad.
Lo primero que hice fue reírme de la coincidencia: me había cargado a M. D. C., que muy bien podría ser Manolo Dientes de Caballo, o Miguel Dientes de Caballo, o algo así. Pero luego leí una y otra vez la noticia, y la verdad es que me produjo cierta insatisfacción. El Crimen Perfecto no había merecido más atención en los periódicos que un accidente con dos heridos leves en la Nacional I o un vulgar atraco en un estanco en el que se habían llevado trescientos euros. Pero eso no hizo más que reforzar mi intención de convertirme en asesino en serie. Esto era solo el comienzo. «Ya veremos lo que dicen los periódicos cuando ataque por segunda vez el Monstruo del Estoque, y luego por tercera, y luego por cuarta», me dije. «Entonces me mereceré la primera página de todos los periódicos y un lugar preferente en los telediarios».
Volví a leer la noticia. Dientes de Caballo dejaba viuda y dos hijos. La verdad es que lo sentía por ellos, lo pasarían mal durante un tiempo, pero eran lo que podríamos llamar daños colaterales. El que algo quiere, algo le cuesta, y no se puede hacer la tortilla sin romper antes el huevo, como suele decirse.
En esas estaba, cuando se levantó Andrea. Seguía con muy mala cara. Tan mala, que pensé que se había metido en algún lío. La muy imbécil quería hacerse la mujer - emprendedora - exitosa - independiente y había montado una mierda de galería de arte con otras dos socias. Me había pedido dinero varias veces, y yo había sido tan tonto como para prestárselo. Le dije que por qué no se lo pedía a su papá, y me contestó que porque no quería depender de él. ¡Nos ha jodido! No quiere depender de su padre, y prefiere depender de su marido. Me debía ya nueve mil euros, y le había dicho que ni uno más.
Hacía un par de años, un marchante les había puesto una querella por estafa. Salieron mal que bien del tema, pero a punto estuvieron de pisar la cárcel, y la hubieran pisado de no haber sido por mi préstamo y el préstamo, ¡cómo no!, del marido de otra de las socias.
Le veía esa mañana tan mala cara, que estaba seguro de que se había metido en otra. Estaba tensa, descompuesta y borde, así que todo apuntaba a que la habían pillado en otro chanchullo. De todas formas, preferí no preguntarle nada, porque cuando Andrea está borde, es mejor pasar de ella. Pensé que todo eso no hacía más que abonar la posibilidad de la separación, que yo ya estaba considerando seriamente. Una tía que no folla, con tantos problemas y, encima, que no da dinero, no merece mucho la pena. Y más si, como parecía, la empresa de su padre no iba a poder superar la crisis. Lo último que necesitaba era un suegro arruinado.
Se puso a desayunar, con los ojos llorosos y la vista perdida en su taza de café, que removía insistentemente. Entonces, llamaron al telefonillo. Andrea saltó como si le hubieran pinchado con un alfiler en el culo. Salió tan deprisa a cogerlo que parecía que tuviera miedo de que lo cogiera yo antes.
—¿Qué?... Sí, soy yo. ¿Quién? Eh... Sí. Sí, pero no... Mejor, bajo yo. No, no, mejor bajo yo. Eh... Espere un minuto, por favor, que bajo enseguida.
Colgó y fue corriendo al dormitorio a vestirse, pues estaba en camisón.
—¿Quién es? —le pregunté.
—No, nada, unos de la galería, que... que quieren comprar unos cuadros.
Era mentira, evidentemente. Que viniera alguien a casa preguntando por ella un sábado a las nueve y media de la mañana, sin avisar, no era normal. Estaba cada vez más seguro de que se había metido en otro pufo, cosa que me jodía considerablemente, porque no hay cosa que más odie que los asuntos legales. Pensé que esta vez no iba a soltar ni un duro, y si la metían en la cárcel, pues mira tú que bien, a ver si así se le quitaban los humos, por tonta.
Andrea pasó corriendo por el pasillo, vestida con cuatro trapos, en zapatillas y despeinada, abrió la puerta y salió de casa. Eso confirmaba que había mentido, porque jamás se presentaría con esas pintas ante un cliente. Me fui hasta la ventana, desde donde se puede ver el portal, y observé. Vi a dos hombres con pinta de mafiosos que la estaban esperando. Al poco, apareció Andrea. Desde el tercer piso no podía oír lo que decían, porque además hablaban en voz baja, pero parecía claro que le estaban pidiendo cuentas por algo. El que llevaba la voz cantante era el gordo, de unos cincuenta años. El otro, joven y delgado, no hacía más que escuchar. Andrea miraba continuamente a uno y otro lado, como con miedo de que alguien pudiera oírles, y no hacía más que hacer gestos con las manos como diciendo: «Cálmese, podemos arreglarlo». La actitud de los mafiosos parecía amenazante, y me preocupé, porque el tema podía llegar a salpicarme. A esas alturas, ya estaba seguro de que se había metido en otra. De pronto, Andrea pareció romperse, y dijo «¡Por favor!» en voz tan alta que la oí desde arriba. Entonces, el gordo dijo algo, la cogió del brazo y la empujó hacia dentro del portal. Me di cuenta de que iban a subir, algo que me jodió enormemente, pues no me gustaba nada que la tonta esa me metiera en sus movidas.
En efecto, al poco se oyó la llave en la puerta, y pasaron los tres adentro. Andrea estaba llorando, de lo que deduje que, esta vez, la cosa iba más en serio. El gordo, y entonces vi que no era tan gordo, pero tenía unos ojillos un poco inquietantes, como de cerdo, se presentó como inspector Bermúdez, de la Policía Judicial, y entonces ya sí que supe que el lío era gordo de verdad. Se quedaron todos de pie, pero yo ni me levanté, en actitud de demostrar que la cosa no iba conmigo, y en verdad que no iba.
—¿Se lo dice usted, o se lo decimos nosotros, señora? —dijo el de los ojos de cerdo a Andrea.
Andrea soltó un par de hipidos estúpidos, y por fin dijo, dirigiéndose a mí con lagrimitas en los ojos:
—Eh... Bueno... Es que...
—¿Qué pasa? —solté. Con tanta blandenguería, estaba consiguiendo que me pusiera nervioso.
—La verdad es que... —siguió—. Bueno... Que durante estos últimos meses..., he tenido una relación con un hombre.
Me quedé de piedra. ¡La muy puta! Me puse en pie. Creo que, de no haber estado allí esos polis, le hubiera dado una bofetada, y eso que hasta entonces nunca la había tocado, aunque se lo había merecido más de una vez.
Nos quedamos los cuatro callados. Yo estaba un poco desconcertado, porque no sabía qué tenía que ver que se la hubiera estado follando un tío con que estuvieran allí esos polis, ni qué tenía que ver lo del amante con el chanchullo que hubiera podido cometer en la galería de arte.
—¿Conocía usted a su amante? —me preguntó Ojos de Cerdo, con una actitud bastante borde y con gesto de sospecha.
—¿Yo? —dije, indignado—. ¡No! Si le hubiera conocido...
No terminé la frase. Había algo en lo que había dicho que no me terminaba de cuadrar, y que era como si oyera el vuelo de un abejorro amenazador alrededor de mí, pero no terminara de ver dónde estaba ni por dónde me venía el peligro. ¿No había dicho «conocía»? ¿Por qué utilizaba el pasado?
—¡Esta es su foto! —dijo Ojos de Cerdo, y me tendió una foto de buen tamaño, que yo cogí, mientras él me observaba con atención, entrecerrando ligeramente sus ojillos.
La miré, y fue como si me hubieran golpeado en el estómago. Me derrumbé, y tuve que sentarme en el sofá.
—¡Dios, él! —dije para mí, pero desgraciadamente me salió en voz alta—. ¡Una probabilidad entre tres millones!
Desde la foto, sonriéndome de una forma estúpida, Dientes de Caballo se burlaba de mí y de mi increíble mala suerte.

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