domingo, 12 de julio de 2026

¿Qué mueve a un hombre a matar a su pareja?

 

Imagen: Fillipe Gomes en pexels.com


¿Qué lleva a una persona a asesinar a quien decía amar? No existe una única respuesta.

 

Factores que llevan a ello

Los especialistas en criminología, psicología y violencia de género coinciden en que estos crímenes suelen ser el resultado de una combinación de factores:

            - Celos patológicos.

            - Deseo de control sobre la pareja.

            - Incapacidad para aceptar una ruptura sentimental.

            - Determinados trastornos de personalidad en el hombre.

            - Escalada de la violencia. Rara vez un asesinato de pareja surge de la nada. Antes suele darse una escalada: gritos, amenazas, control excesivo, maltrato psicológico y agresiones físicas.

            - Ciertas circunstancias: abuso de alcohol o drogas, problemas económicos, conflictos familiares o situaciones de estrés extremo.

 

Posesión, posesión, posesión: Mi pareja es mía

Es, probablemente, el sentimiento subyacente más importante por parte del asesino. El agresor considera a su pareja como una posesión y percibe la separación como una humillación insoportable. Con el paso del tiempo, la tensión aumenta hasta desembocar en un desenlace trágico.

 

¿Y después?

Uno de los aspectos más llamativos es que algunos de estos asesinos terminan quitándose la vida después del crimen. Los criminólogos han señalado diversas explicaciones posibles. En ocasiones, el suicidio responde al derrumbe psicológico tras el asesinato; en otras, a la imposibilidad de afrontar las consecuencias penales y sociales de sus actos. También existen casos en los que el agresor concibe el crimen y el suicidio como parte de un mismo plan destructivo.

 

El caldo de cultivo

Parece obvio que todo lo anterior crece con fuerza gracias al machismo que sigue imperando en nuestra sociedad. Por suerte, en lenta regresión, pero todavía muy presente. Porque está claro que para poseer hay que partir de que quien posee es el ser superior, y el poseído es el inferior.

 

Cuestiones que parecen muy alejadas del asesinato machista, como la diferencia salarial, que el primer apellido del hijo sea casi siempre el del padre o, incluso, que nuestra constitución ponga al varón como heredero prioritario frente a la mujer (Art. 57: " La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida (...) el varón a la mujer"), no son más que ejemplos de por dónde se empieza. Y ya sabemos dónde se acaba.

 

Prevención y protección

Cada uno de estos sucesos recuerda una realidad incómoda: detrás de muchos crímenes de pareja no hay un impulso repentino, sino un proceso previo de control, dominación y deterioro emocional. Comprender esos mecanismos resulta esencial para la prevención.

 

Por tanto, la prevención debe incluir una doble vía: educación y protección. La primera puede tener efectos, pero únicamente a medio y largo plazo, y solo si se hace bien. La protección, tanto legal como en la provisión a las instituciones de los medios suficientes, es necesaria desde ya para tratar de reducir una plaga que ha supuesto 297 asesinatos en los últimos 6 años. Y ese número indica que las cosas no se están haciendo bien.

 

Y, lo que es peor, son cifras que no bajan, sino que se estabilizan o muestran una lenta progresión. Además, el asesinato es solo la punta del iceberg, porque cuántos "¡vaya mierda de comida que me has preparado!" no suben a los telediarios, pero producen tantísimo dolor.


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