viernes, 2 de enero de 2026

Hildegart: matar a tu hija

 

Hildegart / Su madre, durante el juicio.

Autores desconocidos. Dominio público.

 

El asesinato de Hildegart Rodríguez a manos de su madre, Aurora Rodríguez, en 1933, constituye uno de los episodios más inquietantes y simbólicos de la historia criminal española. La joven, prodigio precoz del feminismo, la política y la reforma sexual, no fue concebida como una hija en el sentido habitual, sino como un proyecto racionalista y eugenésico que su madre ideó con una precisión obsesiva.

 

Un proyecto enloquecido

Aurora, mujer autodidacta y de ideas avanzadas para la época, estaba convencida de que España necesitaba una regeneración moral y social profunda. Para ello imaginó crear “al ser humano del futuro”: una niña intelectualmente brillante, extremadamente culta y destinada a convertirse en líder social.

 

La elección del padre fue estrictamente calculada, sin afecto ni convivencia: un hombre sano pero intelectualmente maleable, útil solo como aporte genético. Desde el nacimiento, Hildegart fue educada bajo un programa intensivo: lecturas avanzadas, aprendizaje de idiomas, formación política y una estricta disciplina que buscaba moldear no solo su intelecto, sino también su voluntad.

 

Un resultado... ¿exitoso?

El proyecto, en términos externos, fue sorprendentemente exitoso. Hildegart publicó sus primeros escritos en la adolescencia, se convirtió en una figura destacada del reformismo sexual y feminista, terminó Derecho con rapidez (murió a los 18 años) y se relacionó con intelectuales europeos. Pero ese brillo fue también el comienzo del conflicto: Hildegart empezó a reclamar autonomía, a tomar decisiones sin consultar a su madre y a interesarse por experiencias personales y políticas que escapaban del rígido plan inicial.

 

Una mente perturbada

En la mente de Aurora, la independencia de Hildegart no era una evolución natural, sino una amenaza directa. Su identidad personal estaba completamente fusionada con el proyecto que había creado. No existía Aurora sin Hildegart; o mejor dicho, sin la Hildegart idealizada que ella había imaginado. La joven real, con deseos propios, representaba para la madre un fracaso de diseño, una desviación intolerable. Esta visión se agravó con un pensamiento cada vez más paranoico: Aurora creía que terceros querían arrebatarle su obra, manipular a su hija y destruir el futuro reformador que había planeado.

 

Un final terrible

Cuando sintió que Hildegart escapaba definitivamente a su control, Aurora llegó a una conclusión trágica dentro de su lógica interna: si la obra se corrompía, debía ser destruida. El asesinato, cometido mediante cuatro disparos de pistola mientras la joven dormía, fue para ella un acto de coherencia, no de furia: la convicción delirante de que tenía derecho a eliminar aquello que había creado.

 

El caso sigue siendo, hoy día, un estremecedor recordatorio de los peligros de convertir a una persona en instrumento de una idea. Aurora quiso fabricar un ideal, y al no poder dominar a la mujer real, optó por aniquilarla.


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