Hildegart / Su madre,
durante el juicio.
Autores desconocidos.
Dominio público.
El asesinato de Hildegart Rodríguez a manos de su madre,
Aurora Rodríguez, en 1933, constituye uno de los episodios más inquietantes y
simbólicos de la historia criminal española. La joven, prodigio precoz del
feminismo, la política y la reforma sexual, no fue concebida como una hija en
el sentido habitual, sino como un proyecto racionalista y eugenésico que su
madre ideó con una precisión obsesiva.
Un proyecto enloquecido
Aurora, mujer autodidacta y de ideas avanzadas para la
época, estaba convencida de que España necesitaba una regeneración moral y
social profunda. Para ello imaginó crear “al ser humano del futuro”: una niña
intelectualmente brillante, extremadamente culta y destinada a convertirse en
líder social.
La elección del padre fue estrictamente calculada, sin
afecto ni convivencia: un hombre sano pero intelectualmente maleable, útil solo
como aporte genético. Desde el nacimiento, Hildegart fue educada bajo un programa
intensivo: lecturas avanzadas, aprendizaje de idiomas, formación política y una
estricta disciplina que buscaba moldear no solo su intelecto, sino también su
voluntad.
Un resultado... ¿exitoso?
El proyecto, en términos externos, fue sorprendentemente
exitoso. Hildegart publicó sus primeros escritos en la adolescencia, se
convirtió en una figura destacada del reformismo sexual y feminista, terminó
Derecho con rapidez (murió a los 18 años) y se relacionó con intelectuales
europeos. Pero ese brillo fue también el comienzo del conflicto: Hildegart
empezó a reclamar autonomía, a tomar decisiones sin consultar a su madre y a
interesarse por experiencias personales y políticas que escapaban del rígido
plan inicial.
Una mente perturbada
En la mente de Aurora, la independencia de Hildegart no era
una evolución natural, sino una amenaza directa. Su identidad personal estaba
completamente fusionada con el proyecto que había creado. No existía Aurora sin
Hildegart; o mejor dicho, sin la Hildegart idealizada que ella había imaginado.
La joven real, con deseos propios, representaba para la madre un fracaso de
diseño, una desviación intolerable. Esta visión se agravó con un pensamiento
cada vez más paranoico: Aurora creía que terceros querían arrebatarle su obra,
manipular a su hija y destruir el futuro reformador que había planeado.
Un final terrible
Cuando sintió que Hildegart escapaba definitivamente a su
control, Aurora llegó a una conclusión trágica dentro de su lógica interna: si
la obra se corrompía, debía ser destruida. El asesinato, cometido mediante
cuatro disparos de pistola mientras la joven dormía, fue para ella un acto de
coherencia, no de furia: la convicción delirante de que tenía derecho a eliminar
aquello que había creado.
El caso sigue siendo, hoy día, un estremecedor recordatorio de los
peligros de convertir a una persona en instrumento de una idea. Aurora quiso
fabricar un ideal, y al no poder dominar a la mujer real, optó por aniquilarla.
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