Imagen: Mary Bell,
tras su detención.
Policía del Reino
Unido, 1968.
La idea de un niño psicópata resulta, para muchos,
profundamente perturbadora. La infancia suele asociarse con inocencia,
aprendizaje y desarrollo emocional. Sin embargo, algunos casos reales desafían
esa imagen y plantean preguntas incómodas: ¿puede un niño carecer de empatía?
¿Es posible hablar de psicopatía en edades tempranas? Uno de los casos más
impactantes que alimenta este debate es el de Mary Bell.
Los hechos
Mary Bell tenía apenas 11 años cuando, en 1968, fue
responsable de la muerte por estrangulación de dos niños pequeños en Newcastle
(Inglaterra). El primero, Martin Brown, de 4 años de edad, y el segundo, Brian
Howe, varios meses después, de 3. La brutalidad de los hechos (además de
asesinarlo, acuchilló el cuerpo y mutiló los genitales del segundo de ellos) conmocionó
a la sociedad británica, no solo por la violencia en sí, sino por la edad de la
autora. ¿Cómo podía una niña cometer actos así?
¿Existe la psicopatía
infantil?
El concepto de “psicopatía infantil” es controvertido. En
psicología, se evita diagnosticar psicopatía como tal en menores, prefiriéndose
términos como “trastorno de conducta” o “rasgos callous-unemotional”
(insensibilidad emocional). Estos rasgos incluyen falta de empatía, escasa
culpa y comportamientos manipuladores. No obstante, el cerebro infantil está
aún en desarrollo, especialmente en áreas clave para el control de impulsos y
la regulación emocional, lo que complica cualquier diagnóstico definitivo.
Las vivencias de una niña
El caso de Mary Bell no puede entenderse sin analizar su
entorno. Creció en un ambiente profundamente disfuncional: abandono, violencia
y abuso marcaron su infancia desde muy temprana edad. Su madre, alcohólica,
drogadicta y prostituta, la tuvo con 15 años y ejerció maltrato físico y
psicológico sobre Mary. Incluso, trató de asesinarla en varias ocasiones. Y,
por si lo anterior fuera poco, abusó sexualmente de ella y la prostituyó con
sus clientes desde que Mary tuvo cuatro años de edad.
Este contexto resulta clave, ya que muchos expertos
sostienen que los comportamientos violentos en niños son, en gran medida, una
respuesta a experiencias traumáticas extremas.
¿Cómo era Mary Bell?
Sin embargo, lo que hace especialmente inquietante el caso
es la aparente frialdad que Mary mostró tras los crímenes. En uno de ellos,
incluso dejó una nota burlona cerca del cuerpo. Nunca mostró el menor
arrepentimiento ni pesar por lo que hizo. Este tipo de conductas alimenta la
percepción de una personalidad carente de empatía, rasgo comúnmente asociado
con la psicopatía.
De hecho, durante el juicio, los psiquiatras que la
examinaron afirmaron que Mary tenía los clásicos síntomas de una psicopatía:
falta de empatía, arrepentimiento y afecto, frialdad, capacidad de
manipulación, narcisismo...
¿Existen o no?
La respuesta no es sencilla. Más que hablar de psicopatía en
sentido estricto, la evidencia apunta a que algunos niños pueden desarrollar
patrones de conducta extremadamente preocupantes cuando confluyen factores
biológicos y ambientales adversos. En otras palabras, no nacen necesariamente
“malvados”, pero pueden llegar a comportarse de forma alarmante si crecen en
condiciones profundamente dañinas.
¿Qué podemos hacer con
ellos?
El caso de Mary Bell también abre una cuestión ética y
social: ¿cómo debe responder la justicia ante un menor que comete un crimen
grave? Mary fue condenada a cadena perpetua en un centro educativo, pero tras
12 años fue liberada y protegida bajo anonimato, lo que refleja un intento de
equilibrar castigo y rehabilitación. Que se sepa, no volvió a cometer delitos
graves. Su domicilio y nombre actuales son secretos y ha sido madre y abuela.
En definitiva, más que ofrecer respuestas cerradas, casos
como este nos obligan a mirar de frente una realidad incómoda: la infancia no
siempre es sinónimo de inocencia, y comprender estos fenómenos requiere ir más
allá del miedo, explorando las complejas raíces del comportamiento humano.
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