viernes, 16 de enero de 2026

¿Qué es la novela negra realista?

 

 

Foto del autor

 

La novela negra tradicional

 Aunque hay excepciones, la novela negra tradicional (y, más aún, la policiaca) suele presentar en sus páginas una acción trepidante y algo fantasiosa: puñetazos, persecuciones, tiroteos... El protagonista es con frecuencia un joven guapo, musculoso, inteligente y seductor. Y, como buen seductor que es, necesita que aparezca la chica de turno, en una de dos versiones: o bien en el papel de mujer fatal o en el de chica indefensa necesitada de protección.

 

 El valor principal es la acción y el entretenimiento, y a ellos se subordinan otras cuestiones como la profundidad psicológica de personajes y comportamientos y la credibilidad y coherencia del argumento. Por ello, con frecuencia los personajes resultan un tanto acartonados, ya que el ritmo frenético no permite entretenerse demasiado en conocerlos. Y los finales pueden ser forzados o poco creíbles.

 

 En estas novelas tampoco se obedecen siempre determinadas cuestiones legales, organizativas o de simple lógica. Por ejemplo, un inspector de policía puede investigar un crimen cometido en un pueblo de Castilla, sin que se tenga en cuenta que, en España, la investigación sería competencia de la Guardia Civil y no de la Policía.

 

 La novela negra realista

 Por el contrario, la novela negra realista, sin renunciar en absoluto a entretener con un argumento apasionante, crea una trama lógica y creíble, en la que el comportamiento de los personajes tiene coherencia interna, es decir, que dichos personajes actúan según su forma de ser, su psicología y sus intereses, y no solo para encajar en el guion.

 

 Además, se tienen en cuenta las limitaciones legales y científicas que condicionan la conducta de la policía. Por ejemplo, nunca se verá en una novela negra realista a un inspector recoger pruebas sin cumplir escrupulosamente el protocolo al que le obliga la ley al hacerlo. Porque sabe que, si no lo cumple, esas pruebas serán nulas en un juicio.

 

 Y aquí entramos en un aspecto muy importante: el lector puede aprender en las páginas de la novela negra realista aspectos interesantes de la investigación policial: cuestiones legales, psicológicas, forenses, criminalísticas, organizativas... Por ejemplo, el lector se da cuenta de la importancia de la figura del juez instructor, que es quien dirige las investigaciones de los delitos (en España y en muchos países, aunque en otros es el fiscal), y es una figura que rara vez aparece en la novela negra tradicional.

 

 Por lo anterior, puede decirse que la novela negra realista se acerca mucho al true crime.

 

 Mis libros

 Mis tres primeros libros (El mar infinito y otros relatos, Hija de la nada y La huella de la bestia), aunque tocan temas afines, no son propiamente novelas negras.

 

 Es en la Serie del Inspector Bermúdez, con La tarántula y, sobre todo, la Trilogía de la mujer muerta y la Tetralogía de la niña desaparecida, donde me sitúo de lleno en la novela negra realista. En la trilogía se cuenta en los tres libros una única historia, y otro tanto ocurre con la tetralogía, en cuatro. Son historias largas y apasionantes, de fácil lectura, que os mantendrán muchas horas pegados a sus páginas. Y son pura novela negra realista.

 

 Tanto en la trilogía como en la tetralogía, para estar lo más seguro posible del terreno que piso, he contado con el asesoramiento de una psicóloga, un policía y una abogada. Les envío desde aquí mi agradecimiento por su trabajo y su paciencia.

 

viernes, 2 de enero de 2026

Hildegart: matar a tu hija

 

Hildegart / Su madre, durante el juicio.

Autores desconocidos. Dominio público.

 

El asesinato de Hildegart Rodríguez a manos de su madre, Aurora Rodríguez, en 1933, constituye uno de los episodios más inquietantes y simbólicos de la historia criminal española. La joven, prodigio precoz del feminismo, la política y la reforma sexual, no fue concebida como una hija en el sentido habitual, sino como un proyecto racionalista y eugenésico que su madre ideó con una precisión obsesiva.

 

Un proyecto enloquecido

Aurora, mujer autodidacta y de ideas avanzadas para la época, estaba convencida de que España necesitaba una regeneración moral y social profunda. Para ello imaginó crear “al ser humano del futuro”: una niña intelectualmente brillante, extremadamente culta y destinada a convertirse en líder social.

 

La elección del padre fue estrictamente calculada, sin afecto ni convivencia: un hombre sano pero intelectualmente maleable, útil solo como aporte genético. Desde el nacimiento, Hildegart fue educada bajo un programa intensivo: lecturas avanzadas, aprendizaje de idiomas, formación política y una estricta disciplina que buscaba moldear no solo su intelecto, sino también su voluntad.

 

Un resultado... ¿exitoso?

El proyecto, en términos externos, fue sorprendentemente exitoso. Hildegart publicó sus primeros escritos en la adolescencia, se convirtió en una figura destacada del reformismo sexual y feminista, terminó Derecho con rapidez (murió a los 18 años) y se relacionó con intelectuales europeos. Pero ese brillo fue también el comienzo del conflicto: Hildegart empezó a reclamar autonomía, a tomar decisiones sin consultar a su madre y a interesarse por experiencias personales y políticas que escapaban del rígido plan inicial.

 

Una mente perturbada

En la mente de Aurora, la independencia de Hildegart no era una evolución natural, sino una amenaza directa. Su identidad personal estaba completamente fusionada con el proyecto que había creado. No existía Aurora sin Hildegart; o mejor dicho, sin la Hildegart idealizada que ella había imaginado. La joven real, con deseos propios, representaba para la madre un fracaso de diseño, una desviación intolerable. Esta visión se agravó con un pensamiento cada vez más paranoico: Aurora creía que terceros querían arrebatarle su obra, manipular a su hija y destruir el futuro reformador que había planeado.

 

Un final terrible

Cuando sintió que Hildegart escapaba definitivamente a su control, Aurora llegó a una conclusión trágica dentro de su lógica interna: si la obra se corrompía, debía ser destruida. El asesinato, cometido mediante cuatro disparos de pistola mientras la joven dormía, fue para ella un acto de coherencia, no de furia: la convicción delirante de que tenía derecho a eliminar aquello que había creado.

 

El caso sigue siendo, hoy día, un estremecedor recordatorio de los peligros de convertir a una persona en instrumento de una idea. Aurora quiso fabricar un ideal, y al no poder dominar a la mujer real, optó por aniquilarla.